Mi piel, luminosa, o cómo lidiar con la identidad.

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A merced de un encargo por parte de la Secretaría de Educación Pública, a su productora, para documentar el registro de cómo se habían utilizado los recursos del programa de “mejoramiento de escuelas primarias” en distintos planteles a lo largo y ancho de la República Mexicana, los cineastas Gabino Rodríguez y Nicolás Pereda estrenaron en la última edición de Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM), Mi piel, luminosa. La primera escuela que visitaron fue el colegio Tomás Moro, en el estado de Michoacán. Y, en palabras de los mismos directores: “En ese lugar (el colegio Tomás Moro) encontramos una historia que parecía salida de un sueño”.

Un factor por demás particular, es el sonido: el de la lluvia, los gritos lejanos, el silbido del viento por entre los árboles y las paredes de la escuela, la acción cotidiana de tender la ropa, pláticas pueriles de los niños del escuela. Son los sonidos comunes que envuelven la ficción irremediable. Es, en esencia, una mezcla de ficciones y situaciones reales, que se mezclan de tal manera que se anteponen al objetivo del encargo principal, que era solamente reportar el uso adecuado de los recursos. Concluye siendo un relato fantástico, a manera de falso documental, donde se fusionan adecuadamente los relatos y las creencias de los niños acerca del infante que se encuentra encerrado en un aula, sin poder salir; como en cuarentena, so pena de una enfermedad extraña que atacó a Matías, luego de haber vivido dos años con sus padres adoptivos en Fort Lauderdale. Inexorablemente, su piel cambió de color: escasez de su pigmento, comenzó a blanquearse.

Recluido dentro de un salón de clases, Matías solamente imagina lo que sería estar fuera -o eso suponemos-. Paralelamente, sus compañeros comienzan a extrañarlo, a suponer con fuerza lo que le está sucediendo; algunos no logran siquiera concentrarse, pues su divagación los conduce al infante encerrado. En una de las sesiones, la maestra presenta al escritor Mario Bellatín, quien acude a la clase a leer su relato Mi piel, luminosa; título que también presta nombre a la cinta. Son pocos los versos que recita el escritor; para después pasar a un desvanecimiento para seguir contándonos otra arista de la historia.

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La manera en que la ficción se apodera del filme es demasiado elocuente y verosímil; recuerda en sí ficciones asiáticas -iraníes, principalmente- por sus matices, por sus colores. Lo real y lo ficticio se desvanece de apoco y se unifica para presentarnos una cinta suspicaz, provocativa, veraz. Situaciones complementarias que se reflejan entre sí, y contrastan, y retratan la marginalidad de algunos aspectos de la comunidad donde ha de encontrarse el colegio, y, por otro lado, la opulencia de la casa donde viven (los que fueran) padres adoptivos de Matías.

Es, también, un pequeño grito al olvido de las tradiciones antiguas; una apreciación vital al silencio y a los consejos que quienes se dicen sabios pueden darnos; el cómo puede cambiarte la vida en un instante en que volteas hacia otro lado y ya no eres el mismo, y ves entonces todo desde una jaula en la que te recluyeron por considerarte extraño, ajeno a los demás: como si acabaras de perder tu identidad por ser, sin más, un ser de piel luminosa.

DG.

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