Joker, del dolor al encanto.

Para Israel, que nunca dejes de brillar donde quiera que estés.

“I used to think my life was a tragedy. But now I realize, it’s a fucking comedy.”

-Joker.

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Muchas veces depositamos nuestra fe en cosas o situaciones que emanan todo menos una oportunidad tangible y real de ayudarnos a “salir adelante”; puede ser porque son inconsistentes, irreales o porque simplemente no queremos “mejorar”. En la inconsciencia, algunas ocasiones, nos hundimos en el sueño de escapar de los problemas, o por lo menos aminorarlos, comparándolos o tratando de esconderlos en las figuras mediáticas dibujadas a la perfección a merced de los arquetipos: personajes de películas, héroes anónimos, cantantes, actores, etcétera.

¿Qué si de pronto nos presentan un personaje, que aunque se supone ya conocíamos, vuelve a ser igual de eficiente ante las circunstancias, pues es un símil perfecto de nuestra cotidianidad? Arthur Fleck (Joaquin Phoenix) es un hombre hundido en el desprecio, en el desprestigio; al parecer amado únicamente por su madre, psicótico; aspirante a comediante en el subgénero del stand-up. Enfermo diagnosticado, medicado, que de pronto un día se halla sin su sostén médico por falta de recursos para ese programa social que lo apoyaba (que si bien vale mencionar, ni siquiera la atención sicológica brindada era eficiente). Empleado en una especie de agencia que lo renta como anuncio de carne y hueso, sujeto a personas que le hacen ver su suerte con tan sólo mirarlo -o al menos es lo que él siente-; víctima hasta de sí mismo. ¿Su único recurso liberador? El baile. Se funde en sus dolencias y en su escasa calma, al ritmo de lo que el score le dicta. Es entonces, en su danza, que las puntas climáticas logran explotar por completo; o cuando se liberan las tensiones: el baile como conclusión o respiro. Vive su vida envuelto en un infierno. Por otro lado, su estridente risa como escudo, condición sintomática, como catalizador de la energía negativa, como «símil» del llanto.

El cómo no podemos aceptarnos distintos, en deconstrucción, ni tristes, ni con padecimientos. Importan más, entonces, las nimiedades del ser, cosas que se hallan fuera de la gracia y la conexión. Las situaciones negativas que se generan alrededor tuyo han de orillarte a lo más funesto de la razón humana; en este caso, basado en una serie de traumas que acompañan al ser desde la infancia, y que de van dosificando según se va requiriendo –a merced de la historia, pues. Cuando importa, por fin, lo que uno siente en esos caso, el infierno “es” para los que miran solamente, anonadados, desinteresados de la situación.

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El personaje de Arthur Fleck, después venido a más siendo menos, Joker, nos ha sido presentado de distintas maneras a lo largo de su existencia; primeramente salido de los cómics, extraído de ahí para ser caricatura, protagonista de serie, villano preferido de las películas de Batman… Y ahora protagonista de su propia vida (¿o la de alguien más?). Mencionaba Todd Phillips (el director del film), en una entrevista reciente, que “quizás la película no se trate del Joker que todos conocemos, sino una representación propia de su visión del personaje”. Se desvanecen los cánones del personaje después de esas declaraciones, y da apertura a más dudas alrededor. Fuera de lo evidentemente eficiente que es la película -aún dejando de lado algunas inconsistencias en el guión al atar todos los cabos y no dejar al espectador responderse a sí mismo-, no vino a romper más que un esquema: “la manera” en que veíamos el cine de superhérores, aunque al fin de cuentas siga siendo eso: cine salido de una casa productora que se encuentra en el ojo de los negocios; Hollywood a fin de cuentas. Sin embargo, aún con el lema de ser-lo-que-es, presenta una visión distinta, pues profundiza más allá de disparos, muertes y un conglomerado abrumador de personajes que apestan a lo mismo. ¿Dónde gana? Te cuestiona todo el tiempo, por los tópicos con que fue tejido el metraje. ¿Es la mejor película de todos los tiempos? Por supuesto que no; empero, en la era de la misma línea argumental del cine comercial, le presencia de la frescura cae de manera perfecta ante los ojos del espectador.

Hay muchos componentes que conforman la película, pero algunos de ellos pesan mucho más que otros: la representación de qué tan descompuestos estamos en nuestra estructura social, y le desigualdad de las clases ante las crisis, o por las crisis.

Sobre la descomposición de la estructura social: El personaje en que está basada la película parece no ser por completo ficticio cuando causa tanto fervor e inspiración en hechos de la vida real. Hay personas que han excusado su violencia y sus comportamientos en el personaje, porque, dicen: es un ejemplo. Mirando desde una óptica un poco lejana, lo preocupante no es tanto el hecho del discurso extraído ni las acciones, sino lo podrida que está la razón para creer que debemos depositar hasta lo más mínimo de nuestra entereza en algo que solamente existe como un producto. Por ello debemos de fijarnos en quienes nos rodean, no lo que nos rodea: nadie sabe, pues, quien puede ser el siguiente que pase de víctima a victimario. Es comprensible que uno interpreta este tipo de obras como mejor le convenga o como nos permita la razón. El evento desafortunado llega cuando en vez de escarmiento se bebe uno el discurso como inspiración.

Siempre hemos estado inmersos en una ola de desigualdad sin precedentes, y sucede hasta en “las mejores ciudades”: el ejemplo del film es muy claro, y resulta un hecho sintomático también cuando uno revisa de nuevo por qué Arthur Fleck decidió convertirse (?) en el Joker. Dentro del largo, como era de esperarse, existió un pequeño reviro a Batman (suena obvio, de ahí “nació”, por decirlo de alguna manera, el personaje). La relación que existe entre Penny Fleck y Thomas Wayne. un vínculo que en algún momento fue cercano, pues Mrs. Fleck era empleada doméstica de los Wayne. La clase alta y la clase baja. Por otro lado, otra de las piezas que conforman el filme, tenemos a un exitoso comediante, conductor principal de un late show, Murray Franklin (un nada destacable Robert De Niro), quien se mira como el otro único colmado de éxito y felicidad, quien se aprovecha de su posición para hacer de quienes no son él, unas víctimas sin importar el daño que lleve consigo la acción. Aquello, frente a una ciudad como Nueva York que casi siempre se ha distinguido por vivir a la vanguardia, sonaría como algo verosímil; sin embargo, en la época en que se desarrolla la trama, vemos una urbe destruida y en el colapso. Frente a ese desmoronamiento, solamente vemos destrucción y dos personas de la élite que viven bien… ¿Quiénes serán? Se entreve solamente lo desequilibrado de la sociedad, el conflicto de intereses y el repudio generado por la desigualdad.

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La sociedad corrompe, desgasta, deprime, reprime, juzga, asfixia… Pero no todo es culpa de quienes nos rodean. ¿Qué sería de vivir escondido detrás de lo que los demás hacen o dejan de hacer y encubrir nuestros comportamientos en los suyos? El egoísmo debería existir como concepto y no como modelo a seguir: solamente hay que fijarnos en los detalles. ¿Cómo dirían por ahí? “Uno nunca sabe”.

Quizás a veces, al calor de las tensiones y los recuerdos, ni nosotros sepamos quiénes somos realmente. ¿Hasta dónde da entonces nuestro entendimiento y nuestras razones para poder hallarnos?

PUT YOU ALL A HAPPY FACE!

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