Ad Astra, o el viaje hacia la introspección.

Parece ser que en el imaginario colectivo se ha instaurado desde siempre un objetivo y un deseo al visualizar las películas de ciencia ficción: hacernos escapar, aunque sea por un par de horas, de nuestra realidad; y hacernos desear, inconscientemente, sobre lo que nos presentan estas en pantalla. Pero, ¿qué sucede cuando las mismas producciones evocan a situaciones que merecen nuestra atención pues nos perjudican o benefician de manera directa; hablando sobre temas existencialistas, socio-políticos o introspectivos? ¿Cómo ignorar o solamente disfrutar sin pensar en demasía sobre esos tópicos que le resultan imprescindibles a los filmes si para sí son imprescindibles (al menos en la primera revisión)?

Dentro del género hay una infinidad de categorías, y dentro de ellas una que últimamente ha resultado congruente, y además hecha a la medida de lo que sucede en la vida real -aunque ni de lejos parezca que así sea-, las relacionadas con el espacio. Durante los últimos años, se ha erigido una figura simbólica alrededor de esas películas, pues a pesar de contextualizar todo sobre un escenario que aún en estos tiempos parece lejano alcanzar, sus argumentos se basan en situaciones comunes: crisis existenciales, familiares; deseos inalcanzables; depresión, duelos, luchas internas, etcétera.

Así llega Ad Astra, del estadunidense James Gray, escrita por él y por Ethan Gross. Protagonizada por un magnífico Brad Pitt (quien parece no dejar de mejorar con el paso de los años), Tommy Lee Jones, Ruth Negga, Donald Shuterland y Jamie Kennedy. El film sigue la historia de Roy McBride (Pitt) hacia el espacio, con el objetivo de encontrarse con su padre después de 30 años de abandono -con pretexto de una misión- y, de paso, salvar al mundo ( cof, cof, rarísimo en una película estadunidense, cof, cof) que esta siendo atacado a merced de la expedición que años atrás su padre había encabezado.

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Roy McBride es un mayor colmado de éxito, experto en aprobar los exámenes psicológicos que se le practican cada vez que está a punto de embarcarse en una nueva misión. A su padre se le daba por muerto, pues años atrás había lidereado una misión a través del espacio. En un lapso de recuperación, se le solicita a Roy que asista a una reunión. Ahí, le informan que muy probablemente su padre siga vivo. Todo esto sucede mientras está siendo monitoreado, pues se requiere que en todo momento esté ahogado en su tranquilidad para poder hacer cualquier cosa, y al estarle dando una noticia de tal magnitud, se espera cualquier tipo de alteración; nunca llega. Se le asigna un veterano viajero espacial, quien fortuitamente conoció y fue amigo de su padre. Este, termina conduciéndole hasta donde su vejez le permite. Se embarcan en una travesía que parece contada por el mismísimo Conrad y ayudado por Tarkovski. Atraviesa todo lo humanamente posible para llegar con su padre; un hombre viejo, cansado, gélido, irreverente y ya desinteresado. En ese padre no existe el sentimiento, ni las ganas de redimirse por su ausencia. Por inverosímil que parezca, el objetivo de Roy Mcbride no es reconciliarse con su padre, sino cuestionarle la falta de amor hacia él.

La película cae por su peso mayúsculo cuando se revisa y se le encuentra un cuestionamiento que a todos los adultos y adultos jóvenes atañe en estos tiempos: ¿Es justo para uno tenerlo todo y aún así sentirse agotado de ser y sentir que simplemente no se puede? Suena demasiado egoísta y engreído, pero es lo que la película, desde la óptica de un servidor, creo que cuestiona. Un mayor, por un lado, renombrado, atiborrado de éxitos y vanagloriado por todos; paralelamente, hundido en preguntas sin respuestas que lo orillan a decisiones catastróficas, una persona solitaria desde la infancia, depresivo, lleno de rabia, reaccionario, voluntarioso.

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La presencia de la soledad en la vida se manifiesta de maneras a veces muy arbitrarias o muy certeras; desde comportamientos inadecuados hasta argumentos claros de la soledad que se está viviendo. El espacio dentro del film es solamente es ese infinito tormento que atravesamos día con día: la vida; llena de vicisitudes, infortunios, malentendidos y, en el caso del personaje, situaciones que no llegan a sentirse como logros a merced de la incomodidad.

A fin de cuentas la vida sólo sucede, nos reclama cosas, nos hace preguntarnos si realmente vale la pena seguir. Y la cuestión es el perdón, el que nos debemos a uno mismo por sentirnos culpables y fervientemente ofendidos de ser, de estar, de no ser suficientes ni para si. Sólo hay que tener cuidado al tratar de redimirse, para no perderse en el intento.

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